10 de enero de 2017

COLERA 1885 IMPORTANCIA DE LA HIGIENE (SEGUNDA PARTE)

Mi madre contó en una de sus entradas lo sucedido con mis bisabuelos como consecuencia del cólera.
Mis tatarabuelos maternos Miguel y Micaela eran viudos los dos que se habían casado y cada uno tenía dos hijos. Uno dos niñas y el otro niño y niña. Ellos tuvieron un hijo que era conocido como el tío Antonino . No se si ellos eran viudos del cólera o murieron cuando el cólera. El caso es que mis bisabuelos que eran hijos de uno y otro se casaron entre ellos para recoger a los demás hermanos y el tío Antonino. Bienvenido y Petra eran mis bisabuelos, tuvieron siete hijos y a mi abuelo le llamaban el tío Nino porque de niño llamaba así a su tío Antonino y del que puesto la foto de su tumba que fue el primero enterrado en el cementerio viejo.
Esta fue una de las consecuencias de esta epidemia la cantidad de niños que quedaron a cargo de familiares en el mejor de los casos. También he leído en algún lugar las memorias de un maestro que se quejaba del abandono y la falta de educación y principios de muchos de estos muchachos. Del mismo modo que por lo visto hubo personas que se aprovecharon de la situación de muchas familias quedándose con las tierras que les pertenecían.
Copio la segunda parte del informe que nos enviaron referido a los cordones sanitarios que se prepararon para intentar luchar contra la enfermedad. Os recomiendo que la leais, el cuadro que describe de Monteagudo en el que en una noche oscura, sin alumbrado público, en casas oscuras en las que se mezclan vivos y muertos tuvo que ser dantesca. Pensad que esto sucedió hace más de 130 años cuandolas condiciones en las que se vivía en los pueblos eran muy parecidas a las medievales. 

CORDONES SANITARIOS Y EL CÓLERA EN LA VILLA DE MONTEAGUDO

“Esta villa, al saliente y mediodía de la provincia de Soria y lindante con la de Zaragoza, se halla situada sobre un montículo de unos 15 a 16 metros de elevación, amurallado con sólo tres puertas de entrada en las calles estrechas y sombrías, con las fachadas de las casas sin blanquear, negras, y muy apiñadas en un reducido perímetro, que sólo debiera albergar una tercera parte de su población, y mucho más tratándose de un pueblo eminentemente agrícola. En la vertiente toda que circunda a la villa se hallan establecidos unos 200 muladares en un terreno arcilloso y saturado de humedad, y el arrabal, en la vertiente sur, se halla puede decirse como incrustado entre focos estercoleros cenagosos, comúnmente blandos y en fermentación.
El río Naguna [Nágima] pasa lamiendo la vertiente del Saliente de esta villa. Al Nordeste de ella, y a 100 metros de sus muros, recibe su afluente el Viyuelo (Riuelo): los dos en su estado normal traen muy poca agua; pero por ambos bajan grandes riadas en las lluvias torrenciales, como en el año 83, en que viniendo muy credicos los dos a la vez y siendo mayor la crecida del Viyuelo, se pararon los arrastres que bajaban por el Naguna [Nágima], en una gran longitud y en toda la latitud de su profundo cauce, formándose un banco o capa de tres pies de espesor de légamos o sedimentos terrosos, sin ninguna grava, que luego se tapizó con variadas yerbas de las ulteriores riadas sin lastimar en nada aquel insano tapiz de yerbas, con gran lozanía muchas, y algunas también en putrefacción, produciendo emanaciones insufribles y un gran foco de infección.
Al Poniente del pueblo se halla situado un pantano en una ondulación oval, sobre un terreno con suelo y subsuelo fuertemente arcilloso, y a tal elevación, que hallándose la población a 15 metros de altura, la salida de las aguas está al nivel de las ventanas de la iglesia y al de la veleta de la torre la superficie, siendo sus muros en la base de 36 metros de grueso y 10 de alto, conteniendo unos cinco millones de metros cúbicos de agua.
La formación geológica de su terreno es la terciaria miocena, en la que predominan así como en toda aquella zona, los conglomerados, las arcillas rojizas y las margas blanquecinas. Toda la topografía de esta comarca se reduce a lomas y cerros más o menos elevados, interrumpidos por cañadas y vallejos. Tanto en la villa de Monteagudo como en todas las localidades de esta provincia, gozaron gran boga los cordones sanitarios: tanta era la confianza en estas medidas que nadie se preocupaba de la higiene urbana, y únicamente quemaban azufre por las calles cuando la epidemia empezó a hacer grandes estragos.
Para demostrar una vez más la influencia de la higiene de una localidad en la propagación de cualquier enfermedad infeciosa, y en particular la del cólera, voy a dar copia de una carta inserta en El Avisador numantino y reproducida en El Correo del día 9 de Agosto de 1885, respecto a la población de Monteagudo, pueblo de la provincia de Soria, que tiene 800 habitantes, y dice así:
“Monteagudo ha visto perecer en cinco días la tercera parte de su población. Esto no ha pasado en Aranjuez ni en ningún otro pueblo de España. Sus 800 habitantes han quedado reducidos a 500: ¿cómo se explica esto?
¿Qué posición ocupa la villa? ¿Cómo en los pueblos inmediatos de Fuente el Monje, Serón, Chercoles, Arcos y Pozuel no hubo en estos mismos días uno solo atacado del mal? ¿Cómo se vive en Monteagudo? Esto es lo que conviene decir para enseñanza de otras villas refractarias a toda medida higiénica.
Monteagudo está situada sobre un montecillo y, visto de lejos, parece un pueblo sano y ventilado, pero acercándose a él se ve que es una villa murada con tres puertas; villa de señorío, que conserva la cerca en que encerrada o para la defensa o para pagar el tributo. Si se entra en ella y se avanza por sus calles estrechas y sombrías y se miran las fachadas de sus casas negras, sin señales de remoto blanqueo, se observa cómo estas viviendas están apiñadas, guardando dentro los miembros que componen la familia, las aves de corral, las bestias
de labor, los cerdos, los frutos, parte de los abonos, todo junto, mezclados sus miasmas y envueltos en el humo del hogar, sin luz, sin aire puro, sin ventilación y sin aseo posible, asalta la idea al entrar en un recinto tan estrecho que es una cárcel, donde apenas caben la tercera parte de los seres vivos que la ocupan, por lo que no es de extrañar que en época de epidemia el terrible azote la eligió para convertirla en un pudridero humano”.
Veamos ahora cómo entró y se desarrolló el cólera en la infortunada villa. En la madrugada del día 1º de Julio llegó allí un segador enfermo procedente de Calatorao , punto de la ribera del Jalón, infestado. Falleció al siguiente día: se quemaron sus ropas y fueron aisladas las personas que le asistieron; dos semanas después, cuando nadie se acordaba del suceso, el día 15, aparecieron 8 atacados; al día siguiente 60, de los que fallecieron 25, y a la caída de la tarde del mismo día dercargó una tormenta furiosa sobre el pueblo y entre aquella noche horrible y el día 17, llegaron los invadidos a 270, casi la tercera parte de la población, de los cuales fallecieron más de la mitad. No hay casa que no guarde uno o dos cadáveres; los invadidos piden socorro inútilmente; la oscuridad de la noche, la lluvia torrencial, la falta de alumbrado público, el médico ausente en un pueblo vecino; los alaridos desgarradores en las calles, en las ventanas, en los lechos; el tumulto llega a su colmo: el horror en todas las moradas forma el cuadro espantoso, donde la luz vacilante de los candiles o el resplandor del hogar, deja ver entre sombras, en el interior de las viviendas, los muertos mezclados con los vivos, los hijos espirando en los brazos de las madres moribundas.
Un médico anciano que había salido a prestar sus auxilios a un vecino Pozuel, y detenido por la avenida del río Nájima, llega por fin a las puertas de la villa y dice “No sé si me desmonté o me desmonaron del caballo tantas y tantas gentes que con gritos lastimeros querían ser los primeros en llevarme a ver sus enfermos, y que me empujaban tirando de mi cuerpo en encontradas direcciones”. ¡Un solo médico, anciano y rendido de fatiga, para visitar 270 enfermos, y cuando los cadáveres insepultos pasaban de 80!
En esta situación, dice la carta, haciendo un esfuerzo sobrehumano en un estado de excitación febril, sobreponiéndose a circunstancias tan tremendas, los vecinos que podían tenerse en pie, en especial los mozos, se apresuraron a sacar de sus casas los cadáveres de los seres más queridos, para conducirlos en hombros y en carros al cementerio. ¡Cuántos cavaron su propia sepultura! ¡Cuántos, al día siguiente de tantos esfuerzos, fueron a hacer muda compañía a los cadáveres de sus hijos, de sus padres, de sus esposas y de sus hermanos!
En trance tan cruel, dice la carta, nuestras incesantes súplicas al Gobierno se pierden en el espacio.
En medio de esta situación tan horrenda, que horripila a uno leer su descripción, se presentan cuadros de un heroísmo dignos de admiración. Mujeres de pueblos vecinos dejando sus casas, impulsadas sólo por el amor al prójimo, llegaron a prestar auxilio a los enfermos, animar a los hombres y consolar a las madres.
¡Qué rica enseñanza es la historia de la importación y desarrollo del cólera en Monteagudo!
  1. Demuestra que no basta desinfectar la casa, aislar los enfermeros y ponerlos en cuarentena de me ha cinco, seis y diez días: basta un suelo propicio para el desarrollo del germen colerígeno, es decir, suelo poroso, húmedo y saturado de sustancias orgánicas, para fecundar y multiplicar los gérmenes colerígenos contenidos en las deyecciones de un enfermo para engendar una epidemia.
  2. Que las tormentas y lluvias ejercen una acción funesta, facilitando la propagación de los microbios, y tanto más cuanto se trata de un suelo esponjoso y un pueblo situado en un terreno declive, como es el de Monteagudo.
  3. Que las malas condiciones de la localidad por sí solas bastan para favorecer el desarrollo de todos los micro- organismos, engendradores de enfermedades infecciosas de distinto género; pero cuando se agrega a esto un suelo poroso y húmedo, próximo a arroyos o ríos pequeños, que se nutren con aguas subterráneas de la población, ésta está expuesta a una invasión muy grave, con tendencia a llegar rápidamente a su apogeo, causando en poco tiempo gran número de víctimas, por la razón sencilla que los micro-organismos encuentran abundantes materias para su nutrición y multiplicación vertiginosa, en muy corto tiempo.”

(Págs. 296-300 del Volumen I)
Mario Utrilla me ha mandado el siguiente comentario que copio a continuación:
"Refernte a lo que tu cuentas sobre el colera que hubo en muchos pueblos de soria y Aragón.
Pues mira por donde me voy enterando de los que murieron en Moteagudo. Yo se por mis abuelos y mis padres lo del colera.El año lo he sabido gracias a tu madre que fue el año 1885.
Pues yo te voy a contar el milagro que nos hizo san Roque. Vino una niebla y en el pueblo de Cihuela no llego entrar por lo que no murió nadie.
Un familiar hizo una promesa que si no moría nadie de su familia en Moteagudo iría andando desde Cihuela a Monteagudo rodeadas de zarzas y así lo hizo porque nadie de su familia murió en Monteagudo. A raíz de esto se hizo en mayo la fiesta de san Roquillo."